Pinceladas

Así eran los veranos en la piscina de Las Albarizas

Manuel Rodríguez nos lleva este mes de junio a recordar una importante instalación deportiva de Antequera: el club de tenis y piscina de Las Albarizas. Cuando se acerca el buen tiempo, volvemos la vista a una instalación que  conocieron muchos vecinos de la ciudad así como de otros municipios de la comarca.

En agosto de 1934 se constituía en Antequera una sociedad deportiva centrada en el que en aquel momento era un deporte de grupos selectos y, desde luego, minoritario: el tenis. Aquella sociedad venía, sobre todo, de los componentes del Mercantil y algunos, más tarde, del Casino. El lugar donde se desarrollaría este selecto deporte sería en el terreno que los antequeranos llamaban cortijo Las Albarizas y que había comprado el antequerano D. José Rojas Pérez en 1932, persona muy vinculada a la ciudad demostrando su valía como político, como empresario y sobre todo como persona abierta a los años que le tocó vivir. Lleva su nombre la glorieta por la que se accedía al club de tenis. El nuevo club se inauguraba el 22 de agosto del 1934 con la presencia de los socios del Lawn-Tenis-Club de Málaga.

A D. José se le ocurrió que debajo de aquellos terrenos donde se jugaba al tenis se podía construir una piscina con dimensiones propias para que fuera un atractivo en la ciudad. Aunque pensó unir la piscina al club de tenis, pronto comprendió que aquello era otro negocio más popular, por lo que se decidió hacer una actividad económica sin constituir ningún club: sencillamente se haría una piscina pública en manos de un empresario.

Toda Antequera estaba expectante con las obras de lo que se llamaría “PISCINA-VENTA ALBARIZAS”. El hueco de la piscina era de 33,33 metros por 14, así que a todo el mundo le parecía que era una piscina de capital. Además, contaba con una profundidad máxima de cuatro metros, por lo que podía tener un trampolín. Aquella piscina llenaba una necesidad fundamental para apaciguar los calores de Antequera.

El agua entraba por una fuente en cascada con iluminación oculta de colores por las noches. Los bañistas podían desnudarse y guardar sus ropas en “un cajón de ropero”. El recinto tenía “gimnasio y otros recreos, así como una piscina infantil”.

Además de baños, aquel lugar les daba a los antequeranos un lugar de ocio y divertimiento. Todas las tardes se “iluminaba espectacularmente” para celebrar bailes con “música de radio y de disco”. El sonido, “muy agradable” era debido al uso de unos “potentes altavoces”. Además, entre las instalaciones figuraba una enorme barra americana con bebidas de todas las clases y con “tapas” servidas por D. José Diaz García, el dueño de la Mallorquina.

Toda Antequera quería ir el día de la inauguración, así que se abría un jueves y se inauguraba el domingo siguiente. A las cinco de la tarde del domingo 28 de julio el alcalde, D. José de la Heras de Arco, y D. José Rojas Pérez, el dueño del invento, cortaban una cinta simbólica y D. Pedro Pozo Soria le expandía el agua bendita. El día de la inauguración, mientras se cambiaba el agua, se abrió una grieta que hubo que subsanar, de manera que hasta el martes siguiente no se pudo abrir el recinto.

Sin embargo, el problema se dio desde el primer momento ya que era una instalación solo para hombres. La protesta de las mujeres en sus corrillos particulares hizo que la dirección de la empresa decidiera que se pondrían dos horas, a partir del mediodía, para que las mujeres pudieran bañarse sin que en el recinto acuático hubiera ningún hombre. Incluso se pidió en “El Sol de Antequera” hacer una encuesta sobre el tema y que las mujeres opinaran.

En Antequera se decía que ya no era necesario ir a la playa, teníamos una hermosa piscina. Y duró tantos y tantos años… y vio tanto, que sería  muy largo de contar todas las historias que aquella piscina podría decir. Yo la tengo siempre en mis recuerdos de verano. Para mí, en los 60, me viene a la memoria que junto con mis amigos de la calle Rastro iba a ella con una pequeña toalla de aseo, la crema de Nivea y unos bocadillos de mortadela, aquel embutido tierno, que regaba con una Mirinda o una Fanta. Cuando ya me hice más mayor, me viene la añoranza de sus bailes en su pista de cemento y querer escuchar a Los Relámpagos.

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