Cómic

¿Cómo le ponemos al niño?

Por Enrique Machuca 
(Antequera, 1970) Comiquero. 
Glotón audiovisual. Podcasteo en Sala de Peligro y me encanta 
divulgar en el campo del cómic. 
Soy @yodigono en Twitter.

Uno de los problemas del cómic en su percepción social ha sido siempre su nombre. Es lo que tiene haber nacido a finales del siglo XIX, cuando todas las palabras chulas ya estaban pilladas. La música es el “arte de las musas”. ¡Supera eso! Si el cómic lo hubieran inventado los griegos, otro gallo nos cantaría. De hecho, ellos, y otros muchos artistas antes y después que ellos, contaron historias de manera gráfica pero no se daban cuenta de que estaban haciendo algo distinto a la pintura o la escultura.

El problema del nombre es universal. Si le llamas cómic, lo haces porque los primeros publicados en EEUU eran de temática cómica, comic strips o comic books. Si lo llamas bande dessinée (Francia) o banda desenhada (Portugal) haces referencia a una de las maneras de ser presentado, las tiras de prensa. Fumetti es curioso porque es el nombre que dan lo italianos a los globos o bocadillos, siendo este elemento, el hecho de poner el texto en un globito que apunta al personaje, lo que los expertos e historiadores señalan como crucial en el nacimiento del cómic tal y como lo entendemos. Y qué decir del manga, traducible como “dibujos caprichosos” o “garabatos”.

En España no lo tenemos mejor. Historieta tiene un sufijo ciertamente peyorativo. Tebeo proviene de la conocida revista humorística-infantil TBO, que es como llamar danones a los yogures. Por no decir que cuando era pequeño yo iba al carrillo de Sidorita en la calle Botica a comprar cuentos. Así que parece que ha ganado cómic, el típico anglicismo que se soluciona con la tilde de rigor, como en córner.

En todo caso, en todos los casos e idiomas, se toman partes por el todo y se funden y confunden contenidos y continentes, el arte con sus obras.

Y no es que sea un caso único. Su mellizo el cine también tiene su larga historia de nombres poco satisfactorios.

Cine viene de cinematógrafo, que es la máquina que inventaron los Lumière, que sí se apañaron para buscar un nombre molón griego. Película o film hace referencia al material mediante el cual se proyectan (o casi mejor, proyectaban) las obras cinematográficas. Y si te pones pedante, cómo no utilizar la palabra celuloide, el material que no se usa desde los años 40 porque arde fácilmente, sin olvidar movie porque se mueven o pictures porque son imágenes (en movimiento).

Y sin embargo, la percepción social del cine ha sido siempre mejor que la del cómic, aunque haya producido obras tan horribles o más que cualquier tebeo. A lo mejor, porque como decía Hugo Pratt, creador de Corto Maltés, los tebeos son “el cine de los pobres”. Una mentira como otra cualquiera, salvo que te refieras a que se pueden producir historias con medios mucho más limitados y baratos que los que utiliza el cine, que entonces vale, la compro.

“Los nombres tienen poder” dice el escritor Neil Gaiman, y tiene razón. En nuestro caso los nombres han servido para perpetuar el estigma de infantilismo y “para tontos e iletrados” que ha tenido nuestro medio, que se expresa en lugares comunes tan estúpidos como que “los tebeos son un buen inicio para la lectura”.

En fin, que en esas llevamos más de un siglo, acomplejados por nuestra propia irrelevancia, por no poder conseguir una denominación que nos eleve al Olimpo de las Artes. Hasta que alguien dio con las palabras mágicas. Hasta que alguien acuñó…

LA NOVELA GRÁFICA.
(Continuará)

Para saber más de cómics, tebeos, mangas o bande dessineé tenéis a vuestra disposición los casi 50 podcasts de Sala de Peligro y su versión web.

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