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Amor espresso, café con leche

María Molina
Antequerana desde el 88.
Diseñadora de moda por titulación e inquieta por condición. Me gusta crear, leer, investigar y después venir aquí a contarlo. ¿Un bombardeo sin casco? ¡Me apunto!

Acabo de quedar con algunas amigas para desayunar –estos nuevos planes de la era covid– y nos sentamos tranquilamente en una terraza a charlar de nuestras cosas, sin mucha complicación, que para complicada ya está la vida diaria. Todo es calma y risas hasta que tenemos que pedir el desayuno. Madre mía. Todos los cafés diferentes. Una manera de pedir café por persona, ni para eso podemos ser un poco iguales. Mérito enorme del camarero acordarse de cada detalle: que si taza grande o pequeña, mitad café mitad leche pero templada, con una mancha de leche de soja, con sacarina y en vaso… Un universo, vamos. 

 

Y ahora, ya en casa y con muchas cosas en la cabeza (bueno, como siempre), me paro y pienso en la complejidad de las personas, en que tengo que escribir mi artículo de febrero, que además es el mes del amor, y no se me ocurre nada más complejo que el amor… y el café. 

¿Es el amor como el café? A cada uno nos gusta de una forma, hay muchos tipos, y un pequeño matiz lo cambia todo. Tiene ingredientes que pueden variar, que lo pueden llevar de ser amargo a lo más dulce. Algunos llegan en una taza muy bonita pero no merecen la pena y, a veces, lo más sencillo es lo que mejor funciona.  

El amor familiar, el que se sirve siempre en taza grande, con mucha leche, muy calentito, dulce y con sabor a toda la vida. No se me ocurre un olor más familiar y de hogar que el café recién hecho inundando la casa temprano por la mañana. Ese recuerdo que siempre nos hace sentir seguros, como el amor de nuestra  familia, como rodearnos de las personas que sabemos que siempre, pase lo que pase, estarán ahí. 

El café espresso, el auténtico, intenso, amargo y espeso. Dicen que el de verdad tarda tan sólo 25 segundos en estar listo, rápido y explosivo como una primera mirada. Puede que la taza sea muy pequeña, puede que sea muy corto, pero el sabor nos traspasa de tal manera que se queda en nuestra boca durante mucho tiempo, a veces mucho más del que nos gustaría. Como esa historia que ahora se te está pasando por la cabeza, sí. Como ese amor que ahora mismo, al volver a recordarlo, puedes hasta saborear.  

Los amores 3.0millenials, en taza moderna, color pastel y súper “instagrameable”. Un capuccino con mucha nata, canela y chocolate, galleta al lado y una carita feliz dibujada en la espuma. Directo a redes sociales, “mi desayuno perfecto”. ¿Desde fuera? Precioso, insuperable, apetecible. Cuando lo pruebas… bueno, cuando lo pruebas hay veces que ni siquiera sabe a café. 

La amistad nos hace felices, es el complemento perfecto y el mejor final para cualquier mal o buen trago que nos toque vivir, y siempre se construye a fuego lento. Gota a gota llenamos la taza de alegrías, de diversión, de apoyo y de respeto, de compresión y sinceridad, hasta que está llena y lista para que cada cual le añada lo que más le guste. Hay amistades que son explosivas como un buen chorrito de brandy, otras que huelen a leche caliente y a familia, las hay con tanta cafeína que nos hacen despertar cuando más lo necesitamos, y hay algunas que terminan siendo un simple descafeinado. Si pones un poco de azúcar puedes tomártelas prácticamente todas, pero al final son muy pocas las que no necesitan añadidos para ser perfectas. 

“Hay amistades que son explosivas como un buen chorrito de brandy, otras que huelen a leche caliente y a familia, las hay con tanta cafeína que nos hacen despertar cuando más lo necesitamos…» 

¿A quién no le gusta el café bombón? Todos, alguna vez en nuestra vida, hemos pedido uno. Esa mezcla perfecta e inesperada de lo amargo y lo dulce, tan perfecta e inesperada que los ingredientes ni se juntan hasta que los mezclas bien con la cucharilla, como si ni ellos mismos supiesen qué hacen a la vez en un mismo vaso. Como esos amores que se sienten por personas que nos complementan, que son completamente diferentes a nosotros y que acaba resultando que tienen justamente lo que nos falta. Y nos mantenemos separados, con un poco de miedo –todo hay que decirlo– hasta que llega la vida, nos agita y se produce la magia. Dos ingredientes tan distintos que se acaban mezclando y convirtiéndose en otro que no se parece en nada a ninguno de los anteriores, pero que termina siendo delicioso. 

Pedir un sombra en nuestra tierra es teñir una perfecta taza de leche, blanca, inmaculada e inocente, con una mancha de café. Una manchita de nada, un pequeño toque, que lo cambia y oscurece todo. Nuestra taza pasa de ser blanca, inmaculada e inocente a ser más oscura, más amarga y mucho menos inocente. Esto ocurre con algunas personas, con algunos amores, que aparecen en nuestra vida para hacernos madurar, para robarnos la inocencia y dejarnos claro que cuando se vayan, esta nunca volverá a ser del mismo color. 

Yo soy de la opinión de que el amor perfecto no existe, como tampoco existe el café perfecto. Pero tengo claro que necesito ambos para poder despertarme cada día, tener energía y ganas de afrontar cualquier situación. Con el tiempo aprendemos cómo nos gusta el café de cada mañana, ese pequeño ritual personal que nos reconecta con la vida y con la rutina; y así debería ser también con el amor. Deberíamos aprender a querer, y a dejarnos querer, de la forma que más felices nos haga. Ese es, sin duda, el objetivo más importante. 

A mí me gusta el café con leche, equilibrado y hecho sin prisas. Un poco de azúcar y un toque de canela, quizás por mi gusto irremediable por lo sorprendente e inesperado. Me gusta el olor a café, a familia, por la mañana, la seguridad y el amor sincero.  

Me gusta tener tiempo para disfrutar del café. Me gusta tener tiempo para disfrutar del amor. 

A veces un café con brandy me despierta y me devuelve a la vida; y siempre, siempre, me gusta tomarlo con las personas adecuadas.