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Atrapados en la red

María Molina
Antequerana desde el 88.
Diseñadora de moda por titulación e inquieta por condición. Me gusta crear, leer, investigar y después venir aquí a contarlo. ¿Un bombardeo sin casco? ¡Me apunto!

Aunque nos intentan convencer de que vivimos en una sociedad globalizada, cada vez estoy más convencida de que vivimos en el mundo de los estratos. Nos dividimos absolutamente por todo, y parece imprescindible situar a cada individuo en una casilla y ordenarnos por categorías. Comenzamos por lugar de nacimiento, nivel económico y cultural, belleza (externa, por supuesto) y, en los últimos años, añadimos también la popularidad en las redes sociales. Porque es cómodo conocer a alguien y poder tratarlo como a un bote de champú, al que le das la vuelta y lees toda la información que necesitas. 

Todo lo que supuestamente somos está en nuestros perfiles: qué música escuchamos, dónde nos gusta pasar nuestro tiempo, cuáles son nuestros hobbies y las personas con las que pasamos más tiempo, pero… ¿es realmente nuestra vida aquello que decidimos compartir en la red? O, lo que me parece más grave, ¿es sano construirnos una vida paralela en redes sociales que en ocasiones no se parece en nada a la real? 

Como si se tratase de una obligación, una parte de esta sociedad comparte con el resto del mundo sus mejores momentos, y también como si fuese una obligación, la otra parte los imita. Esta dinámica ha llegado hasta tal punto que las redes se han convertido en uno de los negocios más rentables de nuestra era. Si no estás en redes no existes, si tus productos no son consumidos por el influencer de turno es porque no merecen la pena, porque no son lo suficientemente buenos. Y es en este punto donde llega la uniformidad, lo socialmente aceptado, los likes, los seguidores, los comentarios. Mientras más tengas, eres mejor, aunque la persona que aparece en la pantalla de tu móvil no sea para nada parecida a la persona que lo sujeta. Puedes haber tenido un mal día, estar pasando por la peor etapa de tu vida o sentirte solo, pero si en la foto que acabas de subir pareces feliz, estás vestido de la manera más cool y has conseguido mesa para cenar en el restaurante de moda de la ciudad, tiene miles de likes y comentarios de lo perfecta que eres, el objetivo está cumplido. Día superado. 

Hemos llegado a un punto en el que valoramos en exceso la perfección, y nos estamos equivocando en las cualidades que admirar en los demás, ya que toda evolución nace de las imperfecciones y, en muchas ocasiones a lo largo de la historia, de los errores. La imperfección nos hace especiales, nos hace diferentes, vulnerables y reales, pero en nuestra sociedad no está permitida. Es frustrante tener que mostrar solo lo que nos hace sencillamente igual al resto del mundo, porque si sales de lo establecido, estás fuera del circuito, y no eres parte del rebaño. Frustración, ansiedad, competitividad, dependencia, y la sensación de que nuestra vida nunca será tan feliz ni tan bonita como las que vemos en Instagram. Y es que ahora todo tiene que ser solo eso, bonito, aunque esté vacío. Incluso aunque sea mentira. 

«Cuando salgo a cenar vivo con el miedo de empezar a comer antes de tiempo y estropear el plato antes de que todos mis acompañantes hayan hecho la foto perfecta para subir a Internet» 

En mi caso agradezco tener la posibilidad de comparar, de haber vivido la era a.RR.SS (antes de la redes sociales) y la era d.RR.SS (después de las redes sociales) prácticamente con la misma intensidad. Y recuerdo que antes de esta dependencia, de esta necesidad de que todo el mundo vea lo maravillosa que es tu vida, la vida era mucho más maravillosa. 

Ahora los adolescentes se frustran porque no salen bien en ninguna de las 150 fotos que se acaban de hacer, ni usando filtros. Yo conseguía que me comprasen una cámara desechable para las excursiones del cole, con 24 fotos, elegía muy bien en qué gastarlas, y a la semana siguiente cuando por fin podía revelarlas y verlas, me moría de risa con mis amigas porque no salía con los ojos abiertos en ninguna. Sinceramente las guardo con mucho cariño, precisamente porque todas son totalmente imperfectas y hoy en día no tendrían ni un like. 

Hemos pasado de tener que echarle mucho valor para llamar al teléfono fijo del chico que te gustaba y preguntar a sus padres si se podía poner, a ver a los solteros de la zona en Tinder como si estuviesen en un catálogo del supermercado del barrio con las ofertas de la semana (anda, mira qué barata está la pechuga hoy). 

Cuando salgo a cenar vivo con el miedo de empezar a comer antes de tiempo y estropear el plato antes de que todos mis acompañantes hayan hecho la foto perfecta para subir a Internet #lacenaperfecta. Antes incluso de saber si la ensalada en cuestión está buena; una vez más, si es bonita nos vale. Las croquetas de mi abuela no son bonitas, queridos followers, pero os aseguro que te transportan al paraíso de un solo bocado. 

“Es cómodo conocer a alguien y poder tratarlo como a un bote de champú, al que le das la vuelta y lees toda la información que necesitas» 

Con la música sucede algo parecido, todos tenemos que escuchar lo mismo, y a mí que siempre he sido una enamorada de las letras bonitas, me sale el reguetón por las orejas. Todos los artistas que quieren estar en el top 10 del país tienen que incluir el toque reguetonero a sus canciones, y acaban sucediendo transformaciones tan significativas como la de Shakira, que pasó de su look hippie, sus pies descalzos y el “si es cuestión de confesar”, canción en la que destapaba sus defectos, al “estoy loca con mi tigre, loca, loca, loca”. Locos estamos nosotros, hija mía… 

Llegados a este punto yo voto por valorar que tus amigos son los que te quitan las penas con un abrazo, no los que te escriben comentarios en Instagram diciendo lo guapa que estás siempre. Que la gente que te quiere no necesita Facebook para recordar tu cumpleaños, porque recuerda todas las veces que lo habéis celebrado juntos. Que es mucho mejor compartir un botellín de cerveza en la barra de un bar que diez fotos en tu estado de WhatsApp. Y que las personas felices de verdad se visten como quieren, escuchan la música que les gusta, comen comida rica y ven la vida a través de sus ojos, no de sus pantallas.