Cómic

Carlos Giménez: el mejor historietista español de la historia

Por Enrique Machuca
(Antequera, 1970) Comiquero.
Glotón audiovisual. Podcasteo en Sala de Peligro y me encanta
divulgar en el campo del cómic.
Soy @yodigono en Twitter.

En estas páginas hemos alabado a Paco Roca como el autor de la Memoria y propuesto a Francisco Ibáñez como candidato al premio Princesa de Asturias, pero hay un autor que cumple ambos requisitos. Su nombre es Carlos Giménez, y posiblemente no le conozcan. 

Carlos Giménez nació en Madrid en 1941, huérfano de padre a corta edad y con una madre enferma de tuberculosis a la que no le quedó más remedio que internar a su hijo de 6 años en un hogar de Auxilio Social, la organización franquista que se ocupaba en sus inicios de cuidar y adoctrinar a los hijos de republicanos y más adelante de dar techo, comida y adoctrinamiento a hijos de familias necesitadas. Obviamente, Giménez salió de la institución convertido en un furibundo antifranquista. 

Su habilidad para dibujar le hizo tremendamente popular en el internado de Paracuellos del Jarama donde pasó esos años, especialmente influenciado por Juan G. Iranzo, el autor de El Cachorro. Ello le animó a trasladarse a Barcelona a principios de los 60 para encontrar trabajo como dibujante de historietas, ya que allí se concentraban la mayoría de la industria del tebeo. Pronto encontró trabajo en Selecciones Ilustradas, una agencia que producía y vendía historietas para el extranjero dirigida por Josep Toutain, que con el tiempo se convirtió en uno de los impulsores del llamado Boom del cómic para adultos durante la Transición. 

En Selecciones Ilustradas se juntaron un montón de jóvenes de inmenso talento como Esteban Maroto, Adolfo Usero, Fernando Fernández, Josep María Beá, Pepe González… cuya obra era más conocida y reconocida en aquella época en Reino Unido o Suecia que en España. Era un ambiente festivo que les sirvió como campo de prácticas para su producción de los años 80, que fue la época de máximo esplendor de esta generación. Pero en esta época, finales de los 60, lo que hacían eran historietas de encargo con guiones en su gran mayoría de autores del mercado donde se iban a publicar las historias que abarcaban el género romántico, el bélico, el western, la ciencia ficción… Giménez dibujó obras como GringoDelta 99 y Dani Futuro, que son reeditadas periódicamente desde entonces. 

El tardofranquismo encontró a Carlos Giménez siendo un joven melenudo con inquietudes artísticas, intelectuales y políticas que tuvo sus encontronazos con la policía del régimen. Para entonces él tenía claro que su objetivo era contar historias, y que su dibujo, en un estilo que tendía a la caricatura y el humor, era un medio para ese fin. En aquella época realizó adaptaciones de obras de Gustavo Adolfo Bécquer (El miserere), de Brian Aldiss (Hom) o Jack London (Koolau el leproso), donde denuncia la alienación del humilde por los poderosos, el racismo, el imperialismo y el colonialismo. No es de extrañar que algunas de ellas se estrenaran antes en el extranjero que en una España en la que el franquismo agonizante aún ejercía una censura férrea.  

Para entonces Giménez se había convertido en un narrador de fuste, arquitecto y desarrollador de recursos narrativos como la composición de página, el uso de los silencios, los claroscuros en las viñetas o el punto de vista. Muerto Franco empieza su época de mayor esplendor creativo y de compromiso político. Tanto es así que los sublevados del 23-F incluyeron a Carlos Giménez en una lista de artistas e intelectuales peligrosos a los que “controlar”. 

Llegado este momento me van a permitir que dejemos para una próxima entrega el desgrane pausado de la obra central de Carlos Giménez.

Continuará…

 

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