En Relieve

#CulturaSegura

La cultura es segura. Ese es el mantra que se repite una y otra vez desde todos los sectores relacionados con el mundo del espectáculo desde que estalló la dichosa pandemia. El COVID-19 ha provocado una gran crisis en el sector cultural, que asegura estar viviendo una situación límite ante el cierre de las salas, teatros y demás recintos. Muchos profesionales (se estima que unos 700.000 de forma directa, lo que supone un impacto del 3,8 del PIB bruto) llevan meses sin poder trabajar, mientras van acumulando gastos fijos.

Tanto es así que el pasado 17 de septiembre cientos de personas se movilizaron en 28 ciudades españolas unidas por la llamada Alerta Roja, un colectivo que engloba a organizaciones como MUTE (Movilización Unida de Trabajadores del Espectáculo), en sintonía con el Movimiento Internacional de la Industria del Espectáculo y los Eventos, para reclamar ayudas concretas y urgentes para garantizar la supervivencia de artistas, técnicos y trabajadores del sector.

Foto: Lorena Dolzl

Aunque la principal reivindicación es poder recuperar la actividad cultural al 100%. No en aforo -que sabemos que tendrá que seguir siendo reducido-, pero sí desmitificar esa idea de que la música, el teatro, el arte y la cultura pueden llegar a ser focos de infección.

Cuando hablamos de profesionales del mundo del espectáculo siempre se nos vienen a la cabeza los artistas. Pero, quizás, los que peor lo estén pasando sean aquellos que no salen en los carteles: los técnicos. Empresas de iluminación, de imagen, de sonido, profesionales que están detrás del escenario y que tienen sus equipos parados tras haber hecho una gran inversión. “La gente no es consciente del dinero que meten las empresas en equipos. Yo tengo una empresa pequeña, pero las que son más grandes… se echa de menos que este sector se tenga en cuenta por parte de las autoridades. Nos hemos preocupado de los sanitarios, de la hostelería… pero esta industria se ha caído”, explica Antonio Carrillo, de Sonicave, una pequeña empresa de sonido local que ha tenido que interrumpir su actividad por la falta de eventos.

En este sentido, técnicos y artistas reivindican la necesidad de seguir programando espectáculos a pesar de las dificultades. “Los artistas lo estamos pasando regular. Hay algunos sitios donde nos apoyan, pero en otros sitios no se dan cuenta de la situación que vive la cultura”, lamenta la bailaora archidonesa Ana Pastrana, quien explica que “igual que se puede ir al supermercado de forma segura o que es necesario tomarse algo en un bar, también es seguro y necesario que escuchen nuestra música”.

La guitarrista antequerana Rocío Sánchez va más allá, y afirma que “un concierto puede ser una de las opciones de ocio más seguras que haya ahora mismo. Hay muchísimo menos riesgo que en cualquier terraza de un bar o en cualquier reunión familiar. Vas con tu mascarilla, tu distancia de seguridad, tu gel, hay personal de seguridad para la entrada y la salida…”, sostiene.

El actor Javier Vallespín cuenta que durante este verano, en las pocas actuaciones que ha podido hacer por Andalucía, ha sido su propia compañía la que se ha encargado de desinfectar las butacas de los teatros. “La seguridad no es el problema, el problema es que los teatros privados -que ya quedaban muy pocos- no se fían de programar porque no es rentable. El aforo es limitado, pero los gastos son los mismos y a la gente le cuesta pagar por la cultura”, apunta. “Por eso ahora lo poquito que nos sale es a través de instituciones, porque además la entrada es gratis y llenamos”, añade.

Foto: Javier Coca

La rentabilidad de los espectáculos es el gran problema del mundo de la cultura en estos momentos. Aforos reducidos y cierta desconfianza por parte del público hace que los promotores tengan que hacer verdaderas heroicidades si quieren mantener la programación de sus locales. “Es muy difícil porque tienes que hacer algo que funcione… pero que no funcione demasiado, porque tampoco puedes crear un efecto llamada muy grande”, explica Agustín González, de Le Bistrot, uno de los locales agitadores de la escena local.

A pesar de las dificultades, algunos locales han mantenido su programación incluso con pérdidas, “porque entendemos que hay que hacerlo por nuestros clientes, por nuestros trabajadores y por los artistas y los técnicos”, comenta David Gallego, de El Cortijo Lounge.  Quizá este sea el único local de Antequera donde se han podido hacer ciertos espectáculos por la amplitud de la terraza al aire libre, aunque las medidas de seguridad han sido mucho más exigentes.

Otros locales han podido hacer uso de manera excepcional de la vía pública, pudiendo colocar mesas y sillas al aire libre en una de las medidas municipales para apoyar a la hostelería. Gracias a eso, algunos se han animado a programar pequeños conciertos acústicos como es el caso de Casa Memé. “Nosotros siempre hemos apostado por la música en directo, y este verano con la terraza amplia, que se podía cumplir con todas las distancias de seguridad y con todas las normas, lo hemos hecho”, comenta Francisco Manuel González, su gerente.

Pequeños promotores que han intentado mantener a flote la actividad cultural en Antequera durante este verano, que ha contado además con una extensa programación por parte del Ayuntamiento, con una veintena de actividades. “Ha habido mucha más actividad cultural que cualquier otro verano”, sostiene Elena Melero, concejal de Cultura, quien recuerda que además de las citas anuales con el Blues, el Jazz y el Flamenco, se han realizado gran cantidad de espectáculos al aire libre para todos los públicos.

“Ahora que todo está supeditado a aforos, entendemos que tenemos que ser las propias instituciones públicas las que fomentemos este tipo de actividades. Entendemos que la cultura es uno de los sectores más perjudicados en esta pandemia y nuestro trabajo es apoyar a los artistas, al personal técnico y a todo lo que la rodea”, recalca la concejal.

“Un país sin cultura no es un país libre”, dice Joaquín Castro, director de la Escuela Municipal de Música de Antequera, que se ha adaptado a todos los protocolos de seguridad para iniciar las clases con todas las garantías. “Muchos músicos que forman parte de la industria también se dedican a la docencia. Nosotros tenemos 25 personas trabajando y empezamos el curso con grupos reducidos y guardando más distancia aún de la que nos exigen, gracias a que tenemos unas instalaciones que nos lo permiten”, explica.

Esa distancia entre personas parece ser la clave de todo. Si la respetamos, estaremos fuera de peligro. En Europa vemos cómo muchas salas vuelven a abrir con normalidad, respetando esas limitaciones de aforo, y están contando con el apoyo del público. El músico antequerano Momo Airplane, residente en Alemania, aboga por esas pequeñas “islas sociales” controladas por la organización. “Comparando con lo que veo aquí, si se quiere se pueden hacer conciertos. Naturalmente eso vale dinero, pero igual que necesitamos alimentar nuestro cuerpo, también nuestra alma. Aparte que es de justicia apoyar unas salas y clubes que se han peleado durante décadas por sobrevivir y han aportado, además de riqueza económica, arte y cultura. Eso que tan feliz nos hace y a veces cuesta tan poco”.