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El cambio de armario

María Molina
Antequerana desde el 88.
Diseñadora de moda por titulación e inquieta por condición. Me gusta crear, leer, investigar y después venir aquí a contarlo. ¿Un bombardeo sin casco? ¡Me apunto!

Estamos felizmente inmersos en el otoño, esa estación en la que prácticamente cualquier look está permitido, y he de confesar que me encanta.

Sentarse en un balcón o una terracita y ver gente pasar se vuelve uno de mis entretenimientos favoritos, porque la propia calle se convierte en un desfile improvisado del que, además, podemos sacar muchas conclusiones.

Las combinaciones imposibles como llevar bufanda y sandalias, botas con vestidos de tirantes o cuatro capas de camisetas superpuestas que no combinan entre sí, son fruto de ese fenómeno al que yo llamo “el otoño te da sorpresas”. Y es que tú puedes salir de casa por la mañana con el abrigo de plumas y las orejeras, a mediodía cocerte al sol con solo una camiseta y por la tarde ponerte una rebequita porque refresca. Es cierto que esto nos complica la tarea de elegir lo que vamos a ponernos, pero sin niguna duda el peor escollo que tenemos que salvar para poder vestirnos acorde a la nueva temporada es… EL CAMBIO DE ARMARIO.

Nunca es buen momento para tomar la decisión, y aunque en tu interior sabes que no puedes dejar pasar ni un día más sin tus jerséis y tus calcetines gordos, apuras al límite los plazos. Hasta que un buen día sientes la congelación polar en tus pies, las uñas toman un tono azulado y comienza el espectáculo.

A la hora de sacar la ropa de invierno nos encontramos básicamente con tres especímenes claramente diferenciados. Y TODOS formamos parte de uno de ellos:

EL INVERNAL TEMPRANERO: Persona que, en cuanto un día refresca un poco, se lía la manta a la cabeza, pone el armario patas arriba y activa el modo invierno. Ya da igual que haga calor, este ser ha pasado de nivel y con su sensación de tener los deberes hechos le es suficiente para aguantar el tirón. El frío llegará y nunca le pillará desprevenido.

EL EFICIENTE: Primera mañana de lluvia del otoño, no tiene nada que ponerse para no mojarse los pies y no puede llevar un paraguas sin miedo a que los demás piensen que va a la playa a pinchar la sombrilla. No hay problema, en un segundo saca una caja, hace el cambio y se olvida del problema. Resolutivo, rápido y con iniciativa. Nuestro héroe.

EL CALUROSO POR PEREZA: Puede que decida quitarse las sandalias en diciembre, incluso añadir calcetines para evitar que le amputen los dedos de los pies. No conoce el frío (o eso dice siempre) y prefiere seguir poniéndose sus camisetas una encima de la otra y disfrazarse a diario antes que pasar por el calvario que para él supone el cambio de armario. Apura los plazos hasta el final por convicción y su frase de cabecera es: “todavía va a hacer calor”.

A la hora de tomar la decisión somos muy diferentes como ya hemos visto, pero el proceso acaba siendo el mismo para todos, y tenemos que enfrentarnos a las mismas dificultades y dilemas cuando sacamos nuestra ropa de invierno: “¿Este jersey es mío?”; “Madre mía llevo cuatro inviernos sin usar estos vaqueros… bah, guárdalos que nunca se sabe si te volverán a caber algún día”; “¿Camiseta que no me pongo pero está suavecita?, perfecta para estar en casa”… De hecho, tengo una camiseta taaaaan suave, con taaaantos años, que ya no la uso porque me da miedo que se rompa, la dejo solo para ocasiones especiales como una gripe o una depre. Y es que siempre hubo jerarquías en nuestros armarios, y una prenda puede pasar con los años de ser tu favorita para salir a cenar a ponértela para ir a por el pan, después servirte para el gimnasio y, finalmente, ser el trapo con el que le pones betún a tus nuevas botas favoritas.

Otro punto en común que tenemos todos los mortales es el proceso de almacenaje de la ropa que vamos a despedir hasta el año que viene y, sobre todo, los lugares tan incómodos que elegimos para hacerlo.

Que levante la mano quien no odie los altillos o los canapés con arcón de almacenaje, porque yo sinceramente creo que son un invento directo del mismísimo Lucifer. Subir a un altillo con una caja llena de ropa, abrir las puertas, ver que no cabe, darle la vuelta y comprobar que tampoco cabe, bajar las demás cajas (y comprobar que sigues guardando tu disfraz de pastorcito de primaria), hacer selección de lo que nos quedamos y lo que no, decidir todos los años que todo se queda, volver a subir las cajas en un nuevo orden con el que seguro que si cab… ¡NO! ¡Siguen sin caber pedazo de ilusa! Debería haber sido una tortura medieval, os lo digo de verdad, iban con mucho retraso.

“Subir a un altillo con una caja llena de ropa, abrir las puertas, ver que no cabe, darle la vuelta y comprobar que tampoco cabe, bajar las demás cajas…”

Y todo este esfuerzo para que justo al día siguiente de tu cambio de armario, ahora que toda tu ropa mullidita está esperándote… VUELVA A HACER CALOR. Ánimo, nos pasa a todos, todos los años (¿o solo a mi?).

La verdad es que viendo mis jerséis ordenados por colores en el armario mientras os escribo me alegro de haber terminado con el proceso. Y mañana me pondré el más gordo y bonito, AUNQUE HAGA CALOR. A lo hecho, pecho.