Pinceladas

El Cine Torcal

En el centro de la ciudad y con una imagen que a día de hoy sigue sorprendiendo a todos los que lo ven, sea o no la primera vez que lo hacen, el Teatro Cine Torcal forma parte de la vida de todos los antequeranos.

Por el mes de noviembre de 1932, en la notaria de don Luis Verdú se constituía la sociedad anónima “Antequera Cinema”. Fueron sus componentes don José García Berdoy, don Rafael Rosales Salguero, don Domingo Cuadra Blázquez y el conde del Colchado, don Juan de Lora y Estrada. De entre ellos se nombró presidente
de la sociedad a don Rafael Rosales, que era cuñado de don José García.

La idea de aquella sociedad era crear en nuestra ciudad un Cine-Teatro adecuado a la época y merecedor de los antequeranos, ya que el Teatro Salón Rodas se había quedado antiguo y obsoleto en sus comodidades. El capital inicial para este proyecto fue de 200.000 pesetas, aunque finalmente hubo que triplicarlo. El solar donde se quería ubicar el cine era un solar sobrante del nuevo edificio de la Caja de Ahorros de Antequera, resultante del derribo de la anterior Escuela de Cristo, lo que daba al nuevo edificio más campo de visualización con respecto a la calle Cantareros. Esto le dará un elemento fundamental impactante a la hora de admirarlo.

El arquitecto del proyecto sería fi nalmente Antonio Sánchez Estévez, que acababa de terminar el Gades en Cádiz, un cine dentro del estilo constructivista racionalista, muy de moda en aquella época. Y en mayo de 1933 se iniciaron las obras, que eran ejecutadas por una empresa de Puente  Genil regentada por don Salvador Rey Luque. Nueve meses después, el 21 de enero de 1934, y tras varios aplazamientos, El Torcal abría sus puertas. Sin embargo, la autorización oficial no llegó hasta el 3 de febrero, como recogía entonces El Sol de Antequera.

Oficialmente, la inauguración llegaría el 10 de febrero, haciendo un pase particular con los dueños del cine, acompañados de sus familias y de un grupo reducido de invitados. La película que se proyectó fue El hombre León.

Por los años 50, el cine pasó a manos de la familia Molina, que hizo lo indecible para conseguir la rentabilidad de aquel inmueble en una época en la que el cine proyectado en un local desaparecería fagocitado por los videoclub. De hecho, El Torcal se convirtió en multicines y discoteca para poder ser productivo. Al final se permutó y pasó a manos del Ayuntamiento.

Hoy el Cine Torcal está declarado Bien Cultural y el DOCOMOMO lo tiene reconocido como patrimonio arquitectónico. Aunque también es verdad que esta institución tenía bajo su protección nuestro Albergue Nacional de Carretera y no pudo evitar su demolición.

 

El edificio por dentro y por fuera

Aquella arquitectura naciente mostraba que el asunto se había cuidado. De un “teatro modesto” que querían hacer, según palabras de Berdoy, se pasó a un gran teatro con todos los adelantos de la época, por lo que el presupuesto subió de las 200.000 pesetas iniciales a las más de 600.000 pesetas.

El cine se estructuró con dos espacios diferenciados: arriba anfiteatro y abajo patio de butacas. La zona de anfiteatro, que se sube por dos escaleras laterales de elegante trazado, tenía el precio de la entrada más cara y los asientos más cómodos .

El patio de butacas, sin dejar de ser cómodas para la época, no tenían el empaque de las del anfiteatro. Lo mismo ocurría con el ambigú. El de arriba, por cierto precioso, con su “barrita americana”, más selecto en el mobiliario, con asientos y mesitas. Desde esta zona de ambigú se podía acceder a una amplia terraza con vistas a Cantareros.

El cine nació preparado para uso de teatro y espectáculo de variedades. Dentro de la pantalla, existía una tramoya con camerinos y espacios propios de la actividad.

Era en el interior del cine donde el edificio mostraba en su decoración el art-decó, reflejado en los cactus de yeso que están en la grades hornacinas flanqueando el escenario o la pantalla. Más tarde esta decoración se taparía con dos enormes pinturas de bailarinas. En el exterior el edificio se mostraba con tanta personalidad como en el interior. Antonio Sánchez, dentro del gusto del momento, creó un espacio arquitectónico que simulara un trasatlántico que quisiera navegar por el espacio urbano. Para ello usa distintos cuerpos arquitectónicos con formas curvas y rectas muy definidas en un conjunto muy horizontal. A ello le suma el cromatismo del edificio, usando los colores crema como base y el rojo con el azul cobalto transportándonos a un color marinero.

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