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El tren de la vida 

María Molina
Antequerana desde el 88.
Diseñadora de moda por titulación e inquieta por condición. Me gusta crear, leer, investigar y después venir aquí a contarlo. ¿Un bombardeo sin casco? ¡Me apunto!

El vaivén del tren siempre me ha producido un sueño inevitable, es como si mi cuerpo se trasladase a esas noches de pesadillas en las que mi madre me abrazaba, me mecía hasta que se me acababan las pilas y mi mente se terminaba apagando.  Apoyo la cabeza en el cristal y miro por la ventanilla. Qué rápido pasa de largo el paisaje si miro al lado, pero si me fijo en el horizonte apenas parece que nos estemos moviendo. Todo es cuestión de perspectiva, del lugar desde el que elegimos mirar. Como la vida, qué curioso. 

Tengo sueño y agradezco que mi vagón esté en silencio, a mi alrededor todos parecen muy ocupados en sí mismos y no prestan atención a los pasajeros que tienen a su lado, tampoco a los lugares que van pasando muy rápido por sus ventanillas y se quedan atrás para no volver nunca más. Es una lástima la cantidad de cosas que nos perdemos en la vida por no saber elegir la perspectiva desde la que miramos, todas las que dejamos pasar por no levantar la vista de nuestro pequeñísimo espacio vital. Como en el tren, qué curioso. 

Cuando haces un viaje, tú mismo decides hacia dónde vas, quién quieres que te acompañe y qué libro vas a leer para pasar el tiempo. Pero la vida, perdón, el viaje, siempre esconde situaciones inesperadas. 

Una pequeña avería puede hacer que todo lo que tenías pensado tenga que retrasarse un poco, a veces demasiado. Arreglar algo que se ha roto resulta difícil, frustrante y puede llevar mucho tiempo, pero no hay más opciones que enfocar toda tu energía para volver a poner a punto la maquinaria, engrasar hasta la última parte del motor y seguir atravesando las vías que has elegido seguir.  

También están las paradas en el camino, las muchas veces que llegas a un punto en el que se abren las puertas y aparece gente que no conoces de nada. Si deciden sentarse a tu lado tienes la opción de aislarte en tu propio viaje, ver una película y escuchar música con tus auriculares; o puedes cruzar una mirada, unas palabras, una charla de horas y hasta una visita al vagón de cafetería para compartir la copa más mágica de tu vida. Es así como suelen aparecer los mejores compañeros de viaje, cuando menos te lo esperas, cuando menos preparado estás y de la manera que nunca habrías imaginado. En cada estación existe el riesgo de que alguien también baje de tu vida, y puede que no quieras, puede que no lo esperes y sea doloroso, o puede que sea lo que tanto tiempo llevabas esperando para poder volver a disfrutar del camino. Al final, el tren siempre continúa, y es tu decisión hacer que el viaje siga valiendo la pena. 

“Es una lástima la cantidad de cosas que nos perdemos en la vida por no saber elegir la perspectiva desde la que miramos» 

Hay viajeros curiosos, que dedican el trayecto a conocer a los demás, la tierra que están atravesando, el funcionamiento de la locomotora y organizar todo lo que quieren hacer cuando lleguen a su destino. Pero también existen pasajeros que prefieren sentarse y dejarse llevar,  puede que hasta les dé igual el destino del tren; mientras no tengan que hacer el esfuerzo de dirigirlo, que decidan las vías. Están los que se pasan todo el camino en la cafetería, sin preocuparse mucho de las partes aburridas, exprimen el tiempo como si fuese una naranja, pero no una naranja cualquiera, la mejor naranja de todas. Y luego están los que se meten en la cabina del maquinista, le apartan de los mandos y deciden, sujetándolos muy fuertemente, dónde se quieren dirigir. 

Hay trenes que se salen de las vías, descarrilan y recorren muchos metros sin destino y con una energía bestial. ¿Posibles causas? Exceso de velocidad, exceso de pasajeros o, casi siempre, una conducción temeraria e irresponsable. A veces, se puede intentar recoger todos los pedazos y volver a las vías que teníamos debajo, aunque el daño que se ha causado por el camino casi siempre es irreparable y nos lo pone muy muy difícil. Los arañazos en la pintura del vagón, los compañeros de viaje que han sufrido heridas y el campo en el que hemos arrasado cada árbol que se interpuso en nuestro camino, siempre nos van a recordar que ninguna acción irresponsable sucede sin consecuencias. 

Dedicamos mucho tiempo a decidir dónde queremos viajar. Tenemos tantas ganas de conocer mundo que nos cuesta mucho decidir una sola ruta para explorarlo. Sacamos solo viaje de ida para ir a por todas hacia nuestro destino, para no volver atrás. Y lo perseguimos, corremos hacia él, y ponemos nuestro corazón y nuestra alma en conseguir llegar donde nos hemos propuesto. Pero, aún así, hay veces que no conseguimos llegar, ocasiones en las que nuestra estación de llegada nunca aparece. Y es entonces cuando tenemos que dejarlo pasar, elegir otros lugares de destino y no sentir que hemos fracasado, sino que acumulamos un sello más en el pasaporte, más experiencias en la maleta y unas fotos preciosas del camino que hemos hecho. Al dejar de perseguir las cosas equivocadas, dejas que sean las correctas las que te alcancen a ti 

«La vida no siempre son trenes a los que hay que subir, a veces hay que ser capaz de bajarse en una estación inesperada, recalcular la ruta que un día nos pareció la ideal y volver a disfrutar del viaje» 

La vida no siempre son trenes a los que hay que subir, a veces hay que ser capaz de bajarse en una estación inesperada, recalcular la ruta que un día nos pareció la ideal y volver a disfrutar del viaje. Y no pasa nada, puede que sea ésta la única forma de aprender que la felicidad no es la estación de llegada, siempre será el camino que recorremos hasta llegar a ella.  

A pesar de las averías, de los compañeros que nos dejan en el camino, a pesar incluso de cambiar de ruta y de destino muchas veces, el último día de viaje tenemos que ser capaces de mirar atrás y recordar cada etapa con cariño, también con dolor y con nostalgia, pero sobre todo con el orgullo de haber vivido el viaje de nuestra vida a nuestra manera, de la manera más intensa que se pueda viajar.