Cómic

¡Escobar!

Por Enrique Machuca
(Antequera, 1970) Comiquero.
Glotón audiovisual. Podcasteo en Sala de Peligro y me encanta
divulgar en el campo del cómic.
Soy @yodigono en Twitter.

El padre de Zipi y Zape se llamaba don Pantuflo Zapatilla y era Catedrático de Filatelia y Colombofilia y su madre se llamaba doña Jaimita. Bueno, sí y no. El padre auténtico de Zipi y Zape se llamaba Josep Escobar i Saliente y nació en Barcelona en 1908, aunque se crió en Granollers donde su padre era funcionario de Correos, como él mismo lo fue tras aprobar las oposiciones con 17 años. Su trabajo lo compaginaba con su afición a la historieta. Pronto empezó a publicar en revistas como Sigronet, TBO o Papitu. Hasta que empezó la Guerra Civil.

Escobar era republicano y colaboró con revistas de ese bando. Cuando acabó la guerra fue expulsado de su puesto en Correos y condenado a seis años y un día de los que cumplió 15 meses en la Cárcel Modelo. Durante muchos años la policía franquista lo tuvo en su punto de mira, llamándole sin previo aviso para que justificara tal viaje o cuál visita a un amigo sospechoso de antifranquista. Durante unos años se dedicó al cine de animación y al diseño de juguetes, como un precedente del mítico Cinexín llamado Skob.

En 1944 retomó su trabajo de historietista, en 1947 creó a Carpanta y en 1948 a Zipi y Zape para la revista Pulgarcito de Bruguera. De manera increíble Escobar retrataba de manera descarnada diversos aspectos de la vida social española y se apañaba para salir casi siempre indemne de la presión ejercida por la censura.

Así, Carpanta era un vagabundo que vivía bajo un puente en el extrarradio de una gran ciudad (seguramente que Barcelona) y cuyo único deseo era comerse un pollo. Era un fiel retrato de una España que pasaba hambre tras la Guerra (“Carpanta” significa “hambre violenta”). A finales de los 50 la censura estuvo a punto de cancelar al personaje porque “en la España de Franco nadie pasa hambre”, por lo que Carpanta ya no decía que tenía hambre, sino que tenía apetito. “Tener más hambre que Carpanta” se convirtió en una expresión de uso cotidiano.

Zipi y Zape, sin embargo, son hijos de una familia burguesa, con casa de una planta y jardín trasero, y visten el uniforme de un colegio de pago, chaleco y corbata incluidos. Malos como ellos solos (su nombre deriva de zipizape, esto es una “riña ruidosa o con golpes”) siempre acaban castigados en “el cuarto de los ratones”, incluso aunque no hayan hecho nada malo. Aunque el padre sea catedrático universitario no tienen servicio doméstico y se pueden permitir un jamón de vez en cuando que el padre encierra bajo llave porque solo él puede cortar lonchas del mismo. Y para que duré más, claro.

La que se puede permitir una criada era doña Patro, señora soltera de mediana edad de la que desconocemos de qué vive, aunque la imaginamos como rica heredera venida a menos o rentista de algún tipo. Doña Patro, claro, es la ama de Petra, criada para todo, una chica que añora el pueblo del que tuvo que emigrar para trabajar en la ciudad y cuya ingenuidad contrasta con los malos modos y las pretensiones sociales de Patro. 

Sí que fue cancelada por la censura franquista Doña Tula, suegra, que se publicó apenas entre 1951 y 1954. La dominante figura matriarcal suponía, según el franquismo, un ataque a la institución familiar. Doña Tula se publicó en el primer número de DDT, la revista que Escobar, junto a Giner, Cifré, Peñarroya y Conti, creó para independizarse de Bruguera y que acabó fracasando. En 1957 Escobar estrenó con gran éxito la obra de teatro Assaig General (Ensayo general). Contradicciones de la época, el franquismo no solía perseguir las manifestaciones culturales en catalán, gallego o euskera, lenguas a las que, eso sí, negaba oficialidad.

De nuevo en Bruguera Escobar siguió creando personajes, pero ninguno tuvo la fama de los citados anteriormente. Podemos citar a Doña Tomasa, con fruición, va y alquila su mansión, que trata sobre una viuda que alquila habitaciones de su casa, una práctica muy habitual en la época. También son destacables los antitéticos Don Óptimo y Don Pésimo, Plim el Magno, un peculiar superhéroe que acudía cuando alguien decía “A mí, Plim” o el perro Toby. Ninguno de ellos tuvo demasiada repercusión en un mercado, el de los años 60 y 70, dominado por figuras como Ibáñez o Vázquez. El público solo quería Zipi y Zape.

A finales de los 70 se le restituyó a Escobar su plaza de funcionario de Correos, pero siguió produciendo historietas de Zipi y Zape hasta los años 80, cuando emprendió un pleito contra Bruguera por la propiedad de sus personajes. Mientras, creó unas versiones de los mismos llamadas Terre y Moto para la Editorial Grijalbo. Ediciones B compró el fondo editorial de Bruguera y Escobar volvió a sus personajes fetiche, trabajando en ellos hasta casi su fallecimiento en 1994, no en las mejores condiciones económicas.

De los grandes autores de Bruguera podría parecer que Escobar es aquel cuya obra peor ha envejecido, y quizás sea cierto porque la España que retrataba en ella está, felizmente, cada vez más lejana.

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