Pinceladas

La ermita del Cerro

Así la llamé durante mi niñez, y así me gustó llamarla siempre. Fue el nombre con el que los antequeranos llamamos a la ermita de la Veracruz, la que está por encima del ‘Depósito del Agua’. 

Cuentan los que saben de nuestra historia, como García Yegros, Cabrera, Cristobal Fernández… que el principio de esta ermita fue el  resultado del tesón de María Ruiz «La Rubiana», una mujer valiente y emprendedora que decidió levantar un beaterio en  aquel cerro donde Don Fernando de Antequera puso sus reales para conquistar la ciudad. Aquel terreno le vino de herencia de su padre, Fernando Bueno, que a la vez lo recibió del suyo, el capitán Miguel Rubiano, que lo obtuvo por mérito de valentía en la lucha por la toma de la ciudad. 

María Ruiz expuso a las autoridades eclesiásticas la idea de fundar un beaterio, hospital e iglesia, pero se lo niegan, aunque eso no la amilanó y se fue hasta Roma con su hija, Lucía Álvarez, donde obtiene el favor de una de las personas más influyentes de la Ciudad Santa, Magdalena de Medicis, hermana del mismísimo Papa León X. 

Volvió a Antequera con Bula –de fecha 7 de julio de 1517– para edificar “Convento, Iglesia y Capilla” dentro de la Regla de Santa Catalina de Siena. Más tarde, en 1528, siendo Papa Clemente VII, se le otorga indulgencia y dignidad de favor de San Juan de Letrán de Roma con el poder de absolver “de culpa y pena” a todos aquellos que murieran en su iglesia y hospital de la Vera Cruz. 

Sin embargo, no todo en el beaterio fue espíritu de santidad y obras pías. Juan de Vilches, nuestro humanista y gramático, que allá por 1520 era su capellán,  nos cuenta que la disciplina se relajó mucho entre las beatas no dando ejemplo de virtud, y que además «La Rubiana» y su hija no eran muy generosas en el sustento, teniendo a aquellas criaturas “a pan y agua y mal trato”, lo que hizo que más de una dejara el lugar por mejor vida social y placentera y además darle alegría a sus estómagos. 

Más tarde, se cuenta que «La Rubiana» marchó rumbo a las Indias, suponemos que con el bagaje de su espíritu  emprendedor. 

Allí quedó la ermita, en el Cerro de Veracruz. Así nos la describía, en 1943, Jose María Fernández: “La ermita, de muy pobre fábrica, tiene dos naves y coro alto, que aún conserva su celosía estrellada, de tradición mudéjar. En el altar mayor se veneraba un devoto y arcaico crucifijo. Había también otros altares humildes con imágenes del XVIII, sin valor artístico, y en los pilares que dividen la iglesia en dos naves, grandes cruces de penitencia. La imagen de San Lazaro en lienzo hacía recordar al visitante los muchos lazarillos o leprosos que hubo en otro tiempo”. 

El tiempo, como ocurrió con las otras ermitas, la fue demoliendo y convirtiendo en escombros, hasta que Jesús Romero la recuperó. Y desde aquí quiero agradecer lo que por Antequera ha hecho en su labor cultural. 

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