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Life in plastic, it’s fantastic

María Molina
Antequerana desde el 88.
Diseñadora de moda por titulación e inquieta por condición. Me gusta crear, leer, investigar y después venir aquí a contarlo. ¿Un bombardeo sin casco? ¡Me apunto!

Caelie Wilkes es una chica californiana cuya historia ha conseguido inquietarme y reconfortarme al mismo tiempo. Caelie, un buen día mientras paseaba por su ciudad, muy californiana, vio una plantita. Era verde, carnosa, fresca y perfecta, y Caelie se la llevó a casa. Durante dos años la cuidó, la regó, la colocó en el mejor lugar de su cocina y dedicó todo su esfuerzo para que se hiciera una planta de provecho. 

“Estaba muy orgullosa de esta planta. Tenía un hermoso color. Simplemente, era una planta perfecta. La tenía en la ventana de mi cocina. Tenía un calendario de riego y si alguien quería regarla me ponía a la defensiva porque quería cuidarla bien”

En su celo por el bienestar de este pequeño ser vegetal, Caelie compró un jarrón más grande para trasplantarlo y que las raíces de la plantita perfecta tuviesen más espacio para crecer tan sanas y fuertes como hasta ese momento.

“Hoy decidí que era hora de trasplantarla. Encontré el jarrón más lindo, que se adaptaba perfectamente. Pero cuando fui a sacarla del recipiente original en el que fue comprada descubrí que ¡ERA DE PLÁSTICO!

Fascinante, ¿no? Pobre Caelie, dos años siendo engañada por una planta de plástico que siempre le enseñaba su mejor cara pero que en el fondo no tenía alma, me recuerda a alguna de mis relaciones fracasadas… A mí, sinceramente, nunca me habría pasado algo así, ya que si una planta me durase verde, carnosa y sana más de dos meses solo existirían dos explicaciones: o es de plástico o es biónica llegada de una galaxia muy muy lejana. 

Una vez más os abro mi corazón y destapo mis mayores defectos en estas páginas: soy una negada para cuidar plantas, incapaz de detectar qué necesitan y una perfecta artista secándolas o ahogándolas, sin términos medios. Y me gustan, me encantan, llenaría mi jardín de flores de colores y árboles frutales, si tuviera un jardín, claro.

Admiro enormemente a esas personas a las que les regalas una pequeña maceta con una hoja y un tallo raquítico (porque en tus manos va a morir) y cuando vuelves a sus casas al cabo del tiempo han hecho de ella un árbol que da limones para todo el vecindario. Estas personas existen, están entre nosotros y nunca, NUNCA, comparten su conocimiento vegetal. Cuando les preguntas cómo lo hacen la respuesta siempre es la misma: “Las plantas piden lo que necesitan, solo hay que saber escucharlas”.  Y aquí estoy, delante del último cactus que me queda en casa, ese pequeño superviviente que aún no ha sido sustituido por un helecho de plástico de Ikea, preguntándole qué quiere de mí. 

Antes del cactus hubo otras criaturas en mi vida,  y para ser sincera ninguna de ellas tuvo un futuro floreciente…

La primera aventura vegetal de mi vida llegó directa desde Holanda, donde uno de mis tíos fue de viaje un fin de semana. Su costumbre era traerme un regalo de cada lugar que visitaba y debió pensar que ya estaba muy mayorcita para las camisetas con dibujitos sonrientes. Unos bulbos de tulipán me trajo el valiente. Y yo, que aún era ajena a mi mala mano con los seres verdes, les compré sus macetas, su tierra con mucho abono y seguí escrupulosamente las instrucciones para plantarlos. Me vi reflejada en Caelie cuando leí su historia porque mi cuidado de los bulbos era tan minucioso como el que ella le procuraba a su planta de plástico. Agua de riego medida y los días que requería a la semana, control de temperatura y luz… hasta que un día vi salir los ansiados tallos. ¡Qué felicidad! Crecieron durante días, cada vez un poquito más altos y según mis cálculos las flores debía estar al florecer. Y así sucedió… Durante aproximadamente dos minutos. Recuerdo el momento exacto en el que el tulipán se abrió y seguidamente se marchitó. Demasiado calor para los tulipanes holandeses me dijeron, tócate la flor. 

“Y aquí estoy, delante del último cactus que me queda en casa, ese pequeño superviviente que aún no ha sido sustituido por un helecho de plástico de Ikea»

Tras esta decepción no volví a tener plantas hasta que llegué a Madrid y decidí decorar mi habitación de estudiante comprando unos tallos de bambú que también tuvieron un trágico final. Estos tallos se hicieron enormes, yo los cambiaba de lugar para que la luz les llegase en su justa medida, me los llevaba cuando me iba de vacaciones y hasta les hablaba. Eran la envidia de mis amigas. Un día de invierno los saqué a la ventana mientras estudiaba para que respirasen y tomasen el sol, ¿el resultado? Un golpe de viento los tumbó y cayeron tres pisos abajo, hasta hacerse ensalada de bambú en la acera de la calle. Lloré, y mucho. 

Pasados los años, cuando me aficioné a la cocina, compré una planta de hierbabuena (dicen que es muy fácil de cuidar) para añadir a casi todas mis recetas. Se hizo grande, es verdad, y fuerte también. Y verde y suculenta… pero no solo para mí. Un pueblo de gusanos verdes y rechonchos hizo de mi hierbabuena su parque temático particular. Comían hasta reventar y se reprodujeron sin pausa. El día que corté unas hojas para echarlas en el caldito y me miraron los ojos de un gusano ofendido porque había interrumpido su cena, el grito se escuchó en Pekín y la planta acabó en el contenedor metida en una bolsa de basura.

«Un pueblo de gusanos verdes y rechonchos hizo de mi hierbabuena su parque temático particular. Comían hasta reventar y se reprodujeron sin pausa»

Por no hablar de la última, una planta del dinero que me regalaron por mi cumpleaños, y que si por ella hubiese sido me habría ido a vivir a la calle, solo con ella y unos cartones, la muy desagradecida no echaba ni una hoja nueva…

Por todo esto decidí optar por los animales y las plantas de plástico, y la verdad es que me va mucho mejor. En todo este rato divagando el cactus no me ha dado ninguna señal de lo que quiere, así que me voy a darle un paseo a la perra que, si está ladrando al lado de la correa, intuyo que tiene ganas de salir (psicología pura lo mío) porque creo que mi cactus lo único que quiere es que le deje en paz de una vez.