Pinceladas

Los mantecados de Antequera 1930

Ese dulce navideño tan nuestro y por el que Antequera es conocida, ahora que su olor impregna las calles de la ciudad, Manuel Rodríguez nos recuerda cómo se hacían y publicitaban en el año 1930.

En agosto de 1930, la revista Antequera por su Amor incluía, además de la información relativa a la Feria de Agosto, información sobre los mantecados ya que, pese a que la fecha no era la más indicada, la producción se iniciaba en el mes de septiembre.

Ya entonces se hacía hincapié en lo artesanal y en cómo se vendía este producto sin ser de Antequera como “al estilo antequerano”, a la vez que se criticaba a algunas fábricas que se iban apartando de los buenos cánones y calidad del “mantecado nuestro”. De esta forma se refería el artículo a que la harina ya no se molía como antaño:

“El picado de la piedra era especial, algo grueso; la piedra de abajo, o cimera, fija, y la de arriba, o volera, dando vueltas sobre el trigo en seco, hacía que la harina fuera adquiriendo al roce un tueste característico, primera cualidad necesaria para que su calidad fuese la que requería la fabricación de los mantecados”. Por lo visto los molinos de esa época la hacían más refinada y había que practicarle un tueste para extraerle la humedad que se queda con la molienda moderna. El otro requisito para los buenos mantecados era la manteca, que también ve perturbaciones en su uso, sustituyéndola por cebos sustitutivos que, si abaratan el producto, lo deteriora en el paladar. El batido de esta manteca había que hacerlo a fuerza de puños sobre el lebrillo hasta convertirla en una pasta blanca, templada por el esfuerzo, se le llamaba a esto “labrarla”. Ahora llegaba el añadido del azúcar y la canela, se sigue batiendo hasta que se trabe, y se le añade, por último, la harina. 

La revista terminaba el artículo de esta manera: “Las fábricas de mantecados y demás dulces similares constituyen una de las fuentes de riqueza de Antequera, que dan trabajo durante los últimos meses del año a muchos obreros, y especialmente a centenares de muchachas, que a las horas de entrada y salida de los obradores llenan las calles con su alegría juvenil y dicharachera, y por su belleza dejan a su paso un rastro de admiraciones, que se condensan en la flor de los piropos, expontáneo* homenaje masculino a ese compendio de femeninas gracias que son las mocitas del pueblo antequerano”.

*Así aparece escrito

La receta de 1858

«Para una libra carnicera de manteca, que son 32 onzas, que ya esté derretida y no en pella, 28 onzas de azúcar, medio almud de harina y cuatro cuartos de canela en polvo».

Requisito esencial del mantecado era darle forma, y para ello, era esencial hacerlo a mano «pues si se corta el mantecado con molde, sobre no apelmazarse bien la masa, los bordes se tostarán en demasía».

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