En Relieve

Muñoz Rojas, diez años sin el labrador de palabras

Este 2019 se cumplen diez años de la muerte del poeta antequerano José Antonio Muñoz Rojas. Embajador, como pocos, de una tierra, Antequera, que siempre fue su inspiración y que aún reconocemos en su dilatada trayectoria literaria. (Foto: Begoña Rivas, El Cultural)

Un legado que, como apunta el historiador, Antonio Parejo, “es difícil de enmarcar en alguno de los numerosos movimientos que han cruzado la pasada centuria y el poeta (…). A Muñoz Rojas no le sirven ninguna de las etiquetas generacionales”, (Entre otros recuerdos. José Antnonio Muñoz Rojas. Cien Años, 2009).

El filólogo Manuel Alvar, en un artículo define al poeta como un hombre “comedido, recatado y distante”, (Galeote, Revista de Poesía, 8).

Pero también dueño de sus silencios que siempre rompía con una anécdota que hablaba de sus largos encuentros con escritores e intelectuales de su tiempo, convocados, sobre todo, en la labor cultural que desempeñó en el Banco Urquijo en Madrid desde el puesto directivo que ocupó hasta su jubilación en 1983.

TARDES DE TERTULIAS. Abajo de izquierda a derecha: José Antonio Muñoz Rojas, Vicente Aleixandre, Leopoldo Panero, Dámaso Alonso, C. Bousoño y J.L. Cano, en 1943.

Como explica el abogado y escritor antequerano, Juan Alcaide, “Muñoz Rojas anduvo, viajó y fue todo lo que hemos dicho y muchas más que puede decirse, sí, pero nació en Antequera, y en ella tiene sus raíces, que siempre ha cuidado con el mimo del buen labrador, de donde surge como un manantial vivísimo de sabia que da vigor y fuerza a su obra”, (Entre otros recuerdos. José Antonio Muñoz Rojas. Cien Años, 2009).

A pesar de sus años de ausencia literaria o esa faceta de banquero, Muñoz Rojas cerraba los ojos y seguía entre las calles antequeranas que le llevaban a la escuela de don José Villalobos, situada en el piso alto de una casa de calle Cantareros o los montes que rodeaban la ciudad por la Moraleda.

Precisamente, la chispa surgió en casa de sus abuelos, en calle Carrera donde conoció a los primeros escritores que le adentraron en el mundo literario, y situada enfrente de la casa en la que él mismo nació.

Como relata el autor en La Gran Musaraña (1994) allí comenzó a forjar en sí mismo una imagen de la Antequera de la época en la que asumía el mundo a través de cada olor, imagen y sonido que le dejaba el día a día de su ciudad y que también describió en Historias de Familia (Madrid, Revista de Occidente, 1945).

Porque en toda su obra Antequera está presente. Porque en su memoria siempre quedaron esas estampas de niño que le llevaban de una casa a otra o al campo. Lo recuerda en Las Musarañas, (1957) y Las Cosas del Campo, (1951).

“¿presentimientos del perdido edén?, La Alhajuela, aquellos reguerillos que corrían antes por sus cauces mojando la tierra y ahora solo están en su recuerdo, La Ribera (…) Siempre presente en su memoria y en su corazón, Antequera”, define Alcaide (Entre otros recuerdos. José Antonio Muñoz Rojas. Cien Años, 2009).

Pero Muñoz Rojas viajó por el mundo entero. Y la vida le llevó a estudiar a Málaga y a Madrid, le llevó incluso a Inglaterra como lector de español en Cambridge donde se impregnó de nuevas culturas.

“Nació en Antequera y en ella tiene sus raíces”, Juan Alcaide

Pero todo ese rodar, no cambiaron ni un ápice lo que siempre fue para todo aquel que lo conoció “campo hecho hombre, tierra mudada en voz cordial”, califica Manuel Alvar.

Cuando volvió a Antequera no era raro verlo por calle Comedias donde tenía una casa que convirtió en despacho. Escritores, poetas, periodistas… Muñoz Rojas seguía recibiendo allí a amigos e interesados en continuar con nuevas tertulias.

Sus últimos años los pasó en su casa de campo, en la Casería del Conde, en cuyas paredes podían verse cuadros dedicados que recordaban su faceta de gran jinete. Allí murió en 2009. Cuenta la periodista Eva Díaz en su artículo La segunda vida del poeta Muñoz Rojas, (El Mundo, 21 de diciembre de 2015) que “poco antes de morir alguien le preguntó cómo se encontraba y él respondió: “Aquí, esperando”. Insistió con desconcierto quien preguntaba: “¿Esperando qué?”. Y él contestó: “La muerte…”.

Un joven Muñoz Rojas, en la finca La Alhajuela en 1934.

La muerte. Un tema que el autor trató en numerosas ocasiones y en la que se vio más hombre que nunca. “Rosa, me dices muchas veces, / José, qué haces ya por estos predios / que no te pertenecen? Vives? Sientes?”

Y así se encontró en esa verdad absoluta, lo que dio sentido a la oscuridad interior de la que habló el poeta en su obra. Como describe Alvar “la muerte nos acecha, pero nos necesita. Sin nosotros tampoco ella podría existir (…)” (Galeote, Revista de Poesía, 8).

Pero su memoria está viva, no solo en su obra sino también en aquellos que hoy guardan sus anécdotas, en su familia, de la que el poeta dijo: “tengo la suerte de tener labranza y amigos, / brazos abiertos, es decir, familia, / suelo de los míos, es decir, pasado. (De Oscuridad Adentro, 1950 – 1980).

Y especialmente con la llegada del editor Manuel Borrás quien recuerda, en su aportación al libro Entre otros recuerdos, José Antonio Muñoz Rojas, Cien Años, 2009, ese primer encuentro con Muñoz Rojas del que ya era admirador.

Porque a pesar de ser Premio Nacional de Poesía en 1998 y Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 2002, entre otros, Borrás siempre ha defendido la falta de un reconocimiento mas absoluto.

Así lo expresa el editor en 2014 cuando se cumplían cinco años desde la muerte del autor. “Su obra perdura más allá de nuestra memoria, pero no estaría de más hacer algo por ella, quienes lo hemos querido tanto tenemos la obligación moral de hacer todo lo que esté en nuestras manos para difundirla”, (El Mundo. 9 de octubre de 2014).

Lo cierto es que Borrás coló en la última etapa de Muñoz Rojas en aquella casa en la que reza: ‘Casería del Conde’. El conde de la Camorra entre cuyas paredes, y a través de sus ventanales, se movía en su mecedora, al son de la brisa, el poeta ya octogenario, poco dado a los actos públicos.

No era cosa de la edad, Vicente Aleixandre en una carta al poeta antequerano del 2 de diciembre de 1943 escribe: “Desde tu retiro campero, donde eres en parte ese fino hidalgo andaluz de la doble cultura – la de la tierra y la de los libros- te haces oír de vez en cuando por estas gentes de tertulias y asfalto con la que en el fondo tiene uno tan poco que ver”.

“Tengo la suerte de tener labranza y amigos”, Muñoz Rojas

Porque cuando lees a aquellos que lo rememoran en alguna de sus etapas, todos recuerdan al poeta de la tierra y de los libros, de unos libros que le atrapan en sus primeros años y de una tierra que siempre añora.

“Por lo demás, siempre ha vuelto a sus orígenes, se ha sumergido una vez y otra en el punto de partida: la casa familiar, los antepasados, los parientes más lejanos, lo consabido. Y el campo. Muñoz Rojas lo lleva pegado a su alma”, detalla Julián Marías, (El Correo de Andalucía, 28 de octubre de 1994).

“Cada árbol tiene su sazón y su manera de madurar: los hay tímidos, los hay airosos, los hay torpes, como los animales y las personas. (…) ¿Y qué diremos de las encinas? ¿No habéis visto florecer una encina? No habéis visto nada de un temblor y nobleza semejante”, escribió Muñoz Rojas, (Objetos perdidos, 1997). Pues todo eso, don José, sigue vivo.