Historias

Placeres de verano

María Páez.
Mente inquieta desde el 97. Marketer a tiempo completo, escritora cuando puedo. Autora de ‘Las hadas sí existen’. Uso las palabras para conectar. Contigo, con el mundo y conmigo misma.

Las olas del mar cubriéndote los pies mientras los hundes en la arena. Los atardeceres en el pueblo, en la playa o en la montaña. Llegar a casa después de tomar el sol y darte cuenta que empiezas a tener la marca del bañador. Sentir el sabor salado en tus labios. La cálida sensación en tu piel que te indica que los rayos de sol han pasado a ser parte tuya. Los tuppers en la playa. Los ‘hasta que no pase una hora no te metes en el agua que tienes que hacer la digestión’. El olor a crema.  Jugar con las palas, hacer castillos de arena, echar un chinchón a las cartas. El pescaito frito y la cerveza fría.  

Las noches en el pueblo. Las abuelas hablando de sus cosas en sillas de plástico sentadas en los escalones de una de sus casas.  Los ‘niña tú de quien eres’. Una bolsa de pipas en un banco y las ganas de arreglar el mundo. Los cuadernillos Rubio. Los ‘hasta las 5:30 no quiero que llame ni Dios a la puerta’. Las mujeres regando los patios, pa que refresquen. El olor a tierra mojada y tibia. Los jarrones de flores en los balcones. La buganvilla a flor de piel y el jazmín esparciendo su aroma por las calles. La comida casera. Los días lentos, que acompañan al corazón que late rápido porque sabe que está en su hogar. El cine de verano. Tener ese amigo con piscina que te abre la puerta de su casa para que juntos mitiguéis el calor de la tarde.  

Las vacaciones. Levantarte por la mañana y tener la sensación de tener todo el tiempo del mundo. Poder cogerlo en tus manos y jugar con él. Sentirte libre y lleno por todo lo que imaginas que va a pasar. Planear ir a algún lugar. Madrugar con cara de felicidad porque vas a viajar. Coger un avión o cruzarte en coche el país. Tirarte en la cama del hotel y sentir el olor a sábanas limpias. Descubrir nuevas calles, ciudades, países y personas. Pasar todo el día en la playa, ducharse y salir a cenar. Comprar un imán para los que se quedaron atrás.  

La sandía y el melón. La porra y el gazpacho. La ensaladilla rusa y los boquerones en vinagre. El primer helado de la temporada. Quitarte los zapatos al llegar a casa y sentir las baldosas frías en tus pies. Las siestas de verano. La caló. Tirarte el día en chanclas y coger una chaqueta por la noche por si refresca. El placer de taparse de noche en verano. Los libros que marcaron esos meses. Encontrarte agua fresquita en la nevera.  

Las ferias. Los churros con chocolate a las dos de la mañana. O a las cuatro. O a las siete. Los vestidos de lunares, de volantes, de mantillas y de encajes. La orquesta. Los pasodobles y las rumbas. Cantar a pleno pulmón la canción del verano. Esa que a lo mejor no te gusta, pero te tienes que terminar aprendiendo. Volver a ver a tus amigos después de meses en la caseta. Ver amanecer bailando o comiéndote un mollete de jamón. Las palmas, los bailes, los brindis.  

‭»‬Los días lentos‭, ‬que acompañan al corazón que late rápido porque sabe que está‭ ‬en su hogar‭»‬ 

Paisajes de trigos secos, de aguas cristalinas, de azules puros en el cielo, y de pueblos blancos. Los reencuentros. Los primos. Las comidas en familia. Donde los mayores cuentan anécdotas, los niños corren, el amor se comparte. Los abrazos.  

En verano, las tardes-noches bostezan y, como si dieran permiso para salir, las calles se llenan de gente, de voces, de vida. Las noches no quieren acabar y el día es perezoso en comenzar. Trasnochar aunque al día siguiente tengas que madrugar.  

Así celebramos la vida en el sur, entre abanicos, palmas, alegría, reencuentros y calma.  

Como dice la canción de Los Aslándticos: si buscas la sombra has llegado a mi tierra 

Andalucía en verano. Abrasante, embriagadora y fascinante.