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SOS Mudanza

María Molina
Antequerana desde el 88.
Diseñadora de moda por titulación e inquieta por condición. Me gusta crear, leer, investigar y después venir aquí a contarlo. ¿Un bombardeo sin casco? ¡Me apunto!

Estoy pasando por uno de los momentos más estresantes de la vida de una persona y, sinceramente, necesito compartirlo. Algunos me entenderéis, la mayoría sentiréis un extraño sentimiento entre la pena y el “jódete, bonita”, pero estoy segura de que este relato os va a trasladar a momentos que no queríais recordar. Ahora os jodéis vosotros. 

Estoy de mudanza. Pero no de mudanza de película, no. Esas en las que la gente muy arregladita hace cajas sentada cómodamente en el suelo, encuentra viejos recuerdos que les hacen felices, en un día vienen cuatro muchachos muy apañados sin camiseta, se lo llevan todo a su nuevo hogar y listo, ya están instalados y son aún más felices que antes. Ni un sudor, ni un mal rato, oiga. No. La mía es una mudanza mundana, con todos sus inconvenientes, con repartidores de Ikea a los que se les baja el pantalón y les ves el culo mientras te dejan las cajas en el suelo (¡arggg!), con retrasos de todo tipo, problemas para poner las cortinas derechas y días de ver la tele sentada en el suelo porque todavía no llega el sofá. De esas. 

Estoy desarrollando la teoría de que cuanto más organizas algo, acaba sucediendo lo menos parecido a los planes que tenías, así que en una mudanza, como en la vida, hay que dejarse llevar e ir poniendo parches según se suceden los problemas. Porque suceder, suceden. Creedme que suceden.  

Para comenzar mi aventura, me encuentro ante un piso completamente vacío. Ni una triste cucharilla para el café o una mesita para ir dejando las herramientas. NADA. Por no tener, no tiene ni agua ni luz, trámite que pensé (pobre de mí) sería muy rápido de solucionar, já. Sin luz ni agua, sin cama, sin mesa ni sillas, vamos, un solar. Y por delante la tarea de llenar una casa con tooooooodo lo que hoy en día necesitamos para vivir. La primera misión: dar de alta la luz, dar de alta el agua, y encender una velita a todos los santos.  

Lo bueno de pasar por una experiencia de este tipo es que aprendes a priorizar de verdad. Yo, por ejemplo, lo primero que compré fue un espejo, que era fundamental en mi día a día aunque comiese sentada en el suelo y con platos de plástico. Antes muerta que sencilla. También aprendes quiénes son tus verdaderos amigos, esos que acuden a poner una barra de cortina, a montar un mueble con más puertas que un pasillo de trasteros, te hacen reír y encima te abren las puertas de su casa para que te duches cuando más lo necesitas. A todos ellos ya les he pagado con croquetas y vino, pero desde aquí mi agradecimiento eterno. 

En esto de las prioridades, el tema del agua ha sido especialmente sangrante: vivir sin ella durante 15 días ha puesto mi cuerpo y mi mente al límite. Y un día, así sin más aviso, llegó. Me quedé maravillada cuando el grifo explotó y comenzó a salir agua, como si yo hubiese vivido a lo Pocahontas en el bosque desde que era chica. No podía parar de abrir y cerrar todos los grifos de mi nueva casa; a ver, que son tres, tampoco es una mansión, pero dejarlos correr me pareció una experiencia religiosa. Wifi ni wifi… agua y luz, dos lujos que ya no sabemos valorar. 

En toda mudanza también descubres que ir a Ikea es como entrar en coma: cuando sales, no sabes el tiempo que ha transcurrido. Es un nuevo y poco estudiado agujero negro espacio-temporal, te absorbe, te desorienta y crea en ti unas necesidades que no tenías. Yo, por ejemplo, el otro día salí con unas luces para una terraza y no tengo terraza, ¡qué habilidad para vender! Para evitar estas macabras técnicas de venta y no ser carne del perfecto marketing sueco, he descubierto la opción de comprar online y recoger la compra fuera, pensé que esto facilitaría las cosas. Otra vez ilusa de mí. Es verdad que me ceñí a comprar lo que necesitaba, pero cuando me dejaron abandonada con las cajas y tuve que meter un espejo de 2 metros de largo en el coche yo sola, dejó de parecerme el descubrimiento del siglo. Aproximadamente 15 minutos de angustia, con público, claro, porque los trabajadores que salían a fumarse un cigarro se quedaban a ver cómo con mis 50 kilos era capaz de meter semejante compra en el coche yo sola, pero a nadie se le ocurrió ayudar, oye. Lo conseguí, y moratones aparte, la experiencia fue un éxito. Arranqué el coche con expresión digna y evidentemente no he vuelto a aparecer por allí. 

Descubres, además, habilidades que no sabías que tenías, como que ahora soy capaz de montar una estantería con una mano y sin leer las instrucciones. Aunque el camino es duro y sufres dificultades, como cuando me quedé encerrada dentro del canapé abatible al limpiarlo por dentro. Menos mal que me sacaron pronto, porque empezaba a parecerme un lugar más acogedor que el resto de la casa, ya estaba pensando hasta cómo decorarlo.  

«El camino es duro y sufres dificultades, como cuando me quedé encerrada dentro del canapé abatible al limpiarlo por dentro. Menos mal que me sacaron pronto, porque empezaba a parecerme un lugar más acogedor que el resto de la casa» 

Para terminar, y no por ello menos importante y enigmático… ¿no os ha pasado que todo el mundo os da consejos sobre lo primero que tiene que entrar en un nuevo hogar? Que si sal, aceite, vinagre, una vela blanca, un cura que bendiga con agua traída del Mar Muerto… y yo, que con tanto contratiempo, solo puedo pensar en llenar la nevera de vino… 

Pero, aunque parezca mentira, siempre hay luz al final del túnel, señales que te hacen pensar que estás llegando al final del camino, y hoy he recibido una. Mi lavadora se ha tragado un calcetín. Metí cuatro y me ha devuelto solo tres, así que creo que esto –ahora sí– va convirtiéndose en un hogar como Dios manda.