Mollete Kolektiv

Viejo Mundo

Texto: Jesus De la Torre. 
Ilustración: Ángela G.
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“El mundo: un grano de polvo en el espacio, la ciencia de los hombres: palabra,
los pueblos, los animales y las flores de los siete climas son sombras de la nada”

Hace ya 40 años, José Monje Cruz cantaba estos versos, desconociendo que hoy día formarían parte de uno de los discos más revolucionarios de su tiempo y de todo el flamenco que estaba por llegar.

En un país sumido en un profundo cambio social y político, muchos fueron los músicos que hicieron lo propio y apostaron por mostrar su cara más experimental y atrevida, dejándose llevar por el clima de la época en la que les tocó vivir. Lo cierto es que (y aunque ahora nos sorprenda) fueron poco reconocidos por el público. En la actualidad, en cambio, no tenemos duda en afirmar que su atrevimiento no solo cambió profundamente nuestra comprensión de un género musical, sino que nos enseñó una vez más la importancia de no ponerle límites a eso que conocemos como Cultura. El disco: La Leyenda del Tiempo. La canción: Viejo Mundo.

Y el héroe de su narración, que ahora suena más cercano al mito que a la realidad: Camarón. Ese gitano de San Fernando que cumplió la sagrada misión de estrellar una voz irrepetible contra todos los confines de un planeta que ahora no solo conoce su nombre, sino una identidad que va más allá de las palabras.

El pasado 16 de noviembre recordábamos una vez más el hecho: el flamenco refiere a lo que significa ser humano, y más que un género, es ya una mística que nos acompaña por derecho propio.

«En un país sumido en un profundo cambio social y político, muchos  fueron los músicos que hicieron lo propio y apostaron por mostrar su cara más experimental y atrevida»

Y es necesario recordarlo, pues en su día la leyenda a la que hacemos referencia fue severamente rechazada por una gran parte de la comunidad más purista del flamenco. El sitar, los teclados, el bajo eléctrico, los poemas de García Lorca, o esos rockeros inundando lo que parecía por reglamento pertenecer a unos pocos, eran elementos extranjeros a lo que se esperaba del de La Isla.

En Andalucía un mundo muy envejecido estaba cambiando, y dejando paso a que nuevas flores sustituyesen un pasado ceñidamente gris por una nueva gama de colores. Solo hay que escuchar lo que nos legaron para entrever un claro mensaje: carpe diem. Y el cambio pasaba por fusionar, por ir más allá de nuestras finísimas fronteras, por atreverse a conocer lo que otros lugares, culturas y personalidades tienen por ofrecernos.

Fue esta máxima apasionante la que condujo a un jovencísimo Kiko Veneno a presentarle el poema que tenéis más arriba a Camarón, entusiasmado como solo los niños pueden estarlo. Desconocemos cuál fue su reacción, pero podemos estar bien seguros de que las palabras que contenía, por su propio poder, lo llevaron a grabar una de las odas al desengaño más potentes de su generación. El poema, fuertemente adaptado, provenía de otra personalidad igual de legendaria pero menos conocida en occidente: Omar Khayyam.

Khayyam fue un sabio de origen persa (actual Irán) que, entre otros menesteres, se dedicó a la filosofía, las matemáticas, la astronomía y la poesía. A pesar del desconocimiento generalizado de su persona, sus aportes a la ciencia han trascendido el tiempo y llegado hasta nuestros días. A él le debemos, por ejemplo, el uso de la incógnita en las matemáticas (x) y la inclusión del año bisiesto de 366 días en el calendario gregoriano. Su importancia es tal que tanto un cometa como un cráter lunar llevan su nombre.

«Tiene su origen y finalidad en la
importancia de mostrarnos lo
humano como algo universal y
digno de ser compartido, más allá
de la etnia o la clase social de la
que provenga la obra»

Como sucede con tantos genios, la magnitud de su intelecto para las ciencias no rivalizaba con su capacidad para la escritura: de él se conservan multitud de poemas que versan sobre la existencia, el amor, la pérdida e incluso el gusto por el vino. No es de extrañar, por ello, que cuando los otros genios citados leyeron ese “quiero al amante que gime de felicidad, y desprecio al hipócrita que reza una plegaria”, supieron al momento que estaban frente a algo digno de ser lanzado al espacio mediante ondas sonoras.

El arte siempre se ha caracterizado por su capacidad para hacer que diversos elementos aparentemente diferentes e inconexos se fundan en algo mayor. Funciona como los sistemas planetarios: necesita un centro de gravedad, un sol, un núcleo en el cual los cuerpos se atraigan y se mantengan en equilibrio. Por ello es tan importante recordar a estos héroes legendarios que, valga la expresión, son nuestras estrellas.

«Solo hay que escuchar lo que nos
legaron para entrever un claro
mensaje: carpe diem. Y el cambio
pasaba por fusionar,
por ir más allá»

Ellos y ellas tienen la tarea de seleccionar todos esos puntos de apoyo y darnos algo que no solo nos entretenga, si no que nos mantenga unidos. Esta inmensa tarea pasa por crear obras que se conviertan en una fuerza eterna, como sucede con La Leyenda del Tiempo, pero también tiene su origen y finalidad en la importancia de mostrarnos lo humano como algo universal y digno de ser compartido, más allá de la etnia o la clase social de la que provenga la obra artística.

Es en este sentido en el que podemos decir que el flamenco, el rock o la poesía son un patrimonio común: convierten las diferencias en algo secundario, y nos incitan, como bien sostenía el grupo de rock andaluz CAI en el título de su primer album, a mirar más allá de nuestras mentes diminutas. Conviene recordar, y ahora más que nunca, esa ilusión por vivir, experimentar y fusionar que Camarón y su equipo de La Leyenda del Tiempo imprimieron en la universal Volando Voy, a ritmo de rumba cubana.

Enamoraos de la vida,
aunque a veces duela.

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